9 de noviembre de 2025

Esta vez iba en serio

Sofocado bajó las escaleras hacia la cocina, buscando a tientas la luz tropezó consigo mismo y subieron sus pulsaciones aún más. Seguía agitado después de tanto esfuerzo, mientras pensaba que no podía continuar así; por mucho que quisiera, le estaba superando esta situación. 
Empezó a beber agua casi de manera frenética y, como era de esperar, se atragantó. Notó el agua salpicar en sus pulmones como lo haría el mar bravo contra un acantilado. Tosió y tosió angustiado hasta que el sorbo salió disparado por su laringe y, seguidamente, comenzó a descender pausadamente por su garganta. Su cuerpo se relajó, cerró los ojos y escuchó cómo descendían sus latidos.
Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de poner fin a todo esto, pero no habían llegado juntos hasta aquí para rendirse ahora, se repetía de manera sosegada. Pensaba en una vida mejor y todo lo que podrían hacer cuando… Un golpe en el piso de arriba hizo añicos sus pensamientos y volvió al presente. Respiró profundamente para no perder los nervios, pero cuando fue a salir de la cocina sintió cómo se humedecía su calcetín al pisar el agua derramada hace un instante. 
Hasta la cosa más insignificante estaba poniendo al límite su paciencia esa madrugada. Ya había aguantado bastante, movido por la incomodidad generada las últimas horas y, sin ser del todo dueño de sí mismo, salió decidido hacía el salón. Se dispuso a redactar la carta que concluiría la conversación que había mantenido por correspondencia los últimos meses. Aunque aún no había obtenido respuesta a la anterior, no podía esperar ni un minuto más.

“Hola hermano, sabes de sobra que la situación que estoy viviendo en casa es insostenible. Entiendo que como doctor tus códigos van por delante, pero tienes que pensar que lo estás haciendo por tu familia. Lleva dos semanas en un estado lamentable, la medicación no le hace efecto y apenas come. Siento asco al ver esos brazos desnutridos y esas venas acartonadas. Mi mujer ahora parece una momia, me repugna”.




Tuvo que parar de escribir para taparse la boca y controlar las arcadas que le daban al pensar en el olor a muerte que se respiraba en toda la casa, olor que se intensificaba al cruzar la puerta de la buhardilla. Quizá no era un olor real, quizá solo podía percibirlo él por su estrecha relación con la dama delgada.

Entre la realidad y el delirio, abrió los ojos con una mezcla de asombro y terror al escuchar el crujido de la madera. Era una casa vieja, de costumbres y sonidos funestos, algo más parecido a un ataúd holgado que está siendo enterrado con vida en su interior que a un hogar.


“El problema es que cada vez es más complicado atarla. Sé que no tiene fuerzas para salir de la buhardilla y además está el pestillo, pero sigo preocupado por lo que te contaba en la carta anterior. Creo que sabe lo que estamos haciendo, porque tú también eres parte de esto, no sigas negándolo. En un momento de lucidez me preguntó si la había querido en algún momento y vi en su mirada un conjunto de furia y aflicción. Ya te dije que puede que me esté sintiendo mal. He pensado que debería cambiar”.


A veces se preguntaba dónde estaba el límite del ser humano para fijar sus propósitos, si la imperfección de sus actos condiciona su porvenir o cuándo se considera que el simple hecho de mirar por uno mismo termina dando lugar a una irregularidad en tu ser. Puede que él fuera diferente, pero estaba convencido de que tampoco era su culpa haber llegado hasta ese punto, estaba en su derecho de ser humanizado y comprendido, aunque no pudiera corresponder.

Tan abstraído en su carta, su desesperación por recuperar la consideración de su hermano y sin recordar que con las prisas no había cerrado el pestillo, decidió ponerse de nuevo frente al teclado de su máquina de escribir.


“Esta vez iba en...”


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