26 de abril de 2026

La llamada del vacío

La gente empieza a congregarse frente a mí. Apenas llevo unos minutos esperando y ya han acudido varias decenas. Las últimas clases de la tarde han terminado y los alumnos comienzan a salir por la puerta principal de la facultad. Es el momento. Me sentía preparado para compartir mi mensaje, mis palabras no eran fonemas al azar. Me quedo inmóvil, hierático y vacío unos minutos más.

Siempre he tenido las ideas muy claras y quería venir a estudiar a Salamanca. Recuerdo mi primer día. Era septiembre, la mañana estaba envuelta en una atmósfera asfixiante y la brisa incendiaba cualquier superficie tan solo con rozarla. El cielo permanecía gris y especialmente opaco, simulando una copiosa labor de mampostería. Aquella jornada un firmamento huraño pedía a gritos que no le molestaran. Nubes de tormenta marchaban ante el muro celeste y entre tanto sus disformes siluetas se proyectaban en la fachada de la universidad. Sentado junto a la ventana y con la mirada al frente observaba como el paso de los nimbos ensombrecía el aula con cada ronda. Pero no llovió.

Pocos placeres he encontrado en este tránsito que es la vida: uno de ellos son los paseos nocturnos. La oscuridad sustenta mi alma y amedrenta el continuo clamor de mis pensamientos. El eco de mis pasos por las calles enlosadas libera la tensión de todo mi cuerpo y el silencio elonga mis articulaciones. Con cada marcha recorro callejuelas y avenidas. Entre ellas se respira un olor vacuo, el perfume de una ciudad dormida. Otro de mis placeres es esperar la muerte con la que convivo. 

He hablado y divagado acerca de la huída en múltiples ocasiones. Conversaciones que enumeraban cada círculo del infierno y cuestionaban el juicio final. La vida tiene un trazado complejo y quién puede sentenciar lo que un ser hizo por ponerle fin. La muerte es y debe seguir siendo un descanso, la inmortalidad un castigo. Ser sempiterno se paga con albas carentes de propósito y soledad perpetua. El más inmenso vacío te llama, te posee y no te acepta.

Vine aquí en busca del susurro que sigue resonando en la ciudad. Las palabras de muerte que otros antes que yo expresaron. Un tema recurrente, una contradicción para el entendimiento o el fin de la miseria mundana. Pero, ¿qué es para mí la muerte? Enmudece mi diálogo interno.

De pie frente a un centenar de personas abro la boca, pero no pronuncio palabra. Solo quiero respirar profundamente y pensar, pero todo está oscuro. Me siento estúpido y necesitado de una opinión propia. He vivido alienado al discurso de otros, haciendo míos juicios ajenos. Mi ferviente creencia me había hecho llegar demasiado lejos. Debía hacer algo. 

El aire se había levantado hace unos minutos y comenzaba a anochecer. Las luces de la ciudad tomaban intensidad a medida que el cielo oscurecía. Comenzó a llover. Pienso que una persona con una talla 36 podría valorar mejor que yo la situación porque por lo menos no tendría medio pie fuera de la cornisa. Compañeros y profesores se mantenían con la mirada clavada en la fachada de la facultad de filología de la Universidad de Salamanca. Mientras, sopeso mis opciones: aparecer mañana como un lunático por los pasillos o la llamada del vacío.



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