26 de abril de 2026
La llamada del vacío
14 de diciembre de 2025
2 de noviembre
Con las manecillas del reloj rozando la medianoche doy los últimos retoques al que será uno de mis artículos más fulminantes. ¿Quién tiene hoy ganas de dormir? Llevo un tiempo concienciado con el genocidio que está sufriendo el pueblo palestino y después de naufragar en la materia he decidido detonar el iceberg desde el fondo. Meses de investigaciones, reuniones de pasillo y citas con personas sin rostro han dado como resultado el cartucho perfecto.
A veces me imagino cómo será el panel de mandos del mundo. Una sala amplia con paredes grises y algunos detalles metálicos en color plata. En el centro una mesa con muchas sillas y sobre ella botellas medio llenas de elixires que no nos podemos ni costear. Seis o puede que siete individuos trasteando con este videojuego de simulación social. Mientras uno fuma el otro se queja del humo, discuten brevemente y pronto comienzan de nuevo a jactarse de ser quienes hacen girar el globo. Sin trucos ni atajos, solo el descaro de pudientes capitalistas que buscan una vida amena.
Siempre he llevado mis indagaciones con total discreción, no caen bien los que hacen demasiadas preguntas. En estos momentos me encuentro rozando la paranoia, la información ha alcanzado tal calibre que me hace sentir en peligro. Un ovillo de influencias perfectamente enrollado y listo para tejer el telón, que dará fin a esta sobreexplotada representación. Inhalo hondo y suspiro con la mirada puesta sobre la pantalla. La luz de la calle tamizada por la persiana se proyecta en la pared en forma de puntos. ¿Cómo suena un disparo homicida? Noto estrecharse mi garganta al pensar en tantísimas personas a las que han ensordecido y silenciado.
Fijo la vista en el reloj que ya supera las doce. 2 de noviembre, hace exactamente 108 años que se firmó el destino de Palestina. Daba comienzo un turbulento flujo de acontecimientos fuera de lo humano por un territorio estratégico, pero que de una vez por todas estoy dispuesto a finiquitar. Entonces un escalofrío repentino hace que me estremezca, el segundero del reloj no coincide con el sonido del tic tac. 2 de noviembre, día internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas.
25 de noviembre de 2025
La novia de mi hijo y yo
Yo un grado ni superior que ahora me convalida estudios básicos, ella una prestigiosa carrera universitaria. Yo una mañana tras otra limpiando escaleras, ella de prácticas en la mejor empresa de la ciudad y un futuro prometedor.
No es envidia, es mi entumecido inconformismo reflotando en una vida empantanada. La base de partida no es la misma y la culpa no es de ella. Unos padres marcados por la posguerra me educaron para cuidar y servir en una época donde lo primordial era acallar el hambre.
Mientras la miro sentada en el salón, ajena a la vida, tan niña, siento aversión hacia la figura que representa. Alguien de éxito que lo ha tenido todo tan fácil, una adulta que aún sigue bajo el seno de su madre. La observo, siempre tan radiante, sin achaques, como si surcara la vida de manera superflua y el día a día no hiciera mella en su tersa tez.
Yo aquí con el bagaje de una vida notablemente imperfecta, cada alba más encorvada y rendida a una existencia de amargura. Envuelta en cicatrices y resquemores de una vereda que siento yo no elegí atravesar.
La falta de decisiones, o más bien de opciones, es por lo que se desvive mi alma. Una fuerte sensación de no haber existido y la continua percepción de ser una criatura impedida. Escucho el ulular de profundos alientos de metamorfosis, pero pronto amainan en la esfera de comodidad donde reposo.
Habito en un mundo cambiante donde sufro mi propio rechazo, me siento un ser arcaico subordinado a un libro de familia. Mi hijo y mi marido no me ven. No son conscientes de lo que supone ser una mujer enjaulada, algo que ella, joven y ávida, tampoco comprende. Espero que ni hoy ni nunca.
-¿Y esa maleta, mamá?
-Me voy, hijo. He decidido que me voy.
-¡Tú no vas a ninguna parte!
Miré cómo mi marido pronunciaba aquella frase y comencé a reír antes de que terminara. Mientras reía lloraba, lloraba como nunca lo había hecho. Cerré la puerta y escogí vivir.
17 de noviembre de 2025
Mensaje número trece
Lo dicho, no te preocupes por mí, estoy bien. La vida tarde o temprano te arrincona, una se va haciendo mayor y perdiendo a todas esas personas que te han acompañado a lo largo de la vida. No te voy a engañar, se digiere mejor cuando es poco a poco y no de golpe como me ha pasado, pero la vida viene como viene. Ahora mi mayor deseo es que seas feliz, cariño. De verdad te digo que no malgastes tiempo en pensar cómo estoy porque sigo adelante todos los días con empeño. Intento cuidarme en la medida de lo posible, dada la situación. Me dan de comer tres veces al día, me ducho por la noche y duermo todo lo que me pide el cuerpo. Me gustaría salir algo más, pero ya sabes, las piernas tampoco ponen de su parte.
Ya sabía que cuando te haces tan mayor el mundo se vuelve pequeño de golpe, yo creo que es porque no te ves capaz de llegar demasiado lejos y se mueren esas ansias de devorar el mundo que sentías de joven. En parte es cómo si, con el anhelo de libertad abatido, se reformularan tus fronteras entre cuatro paredes. Te resignas, es lo único que queda, resignarse y disfrutar de los pequeños placeres del día a día. Siempre he visto la vejez como una cerca que con el crepúsculo se vuelve un poco más angosta, tus límites se encogen y al final te ves acurrucada en una habitación llena de recuerdos del otro lado. Ahora ha llegado el momento de relajarme y estrechar lazos con esa resignación para poder disfrutar de otra manera, al fin y al cabo lo que me toca es descansar.
La verdad es que no te estaba mintiendo cuando te decía que este sería el mensaje más triste, y es que creo que es mejor que sea el último. Recordar mi vida antes de que pasara todo me alienta, pero el peso que llevo arrastrando todos estos meses atrás hace que deslizar el bolígrafo se convierta en una tarea casi imposible.
Te quiero mucho, mi vida. Por favor te lo ruego, no hagas nada de lo que te pidan, porque no me van a soltar.
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