14 de diciembre de 2025

2 de noviembre

Hace más de cien años, en 1917 para ser exactos, un señor británico redactó una declaración de mierda. En este escrito prometía unos terrenos que no eran suyos a un colectivo al que quería complacer por motivos políticos y económicos, pero principalmente para lamerle el culo a Estados Unidos. Hay cosas que no cambian.
Con las manecillas del reloj rozando la medianoche doy los últimos retoques al que será uno de mis artículos más fulminantes. ¿Quién tiene hoy ganas de dormir? Llevo un tiempo concienciado con el genocidio que está sufriendo el pueblo palestino y después de naufragar en la materia he decidido detonar el iceberg desde el fondo. Meses de investigaciones, reuniones de pasillo y citas con personas sin rostro han dado como resultado el cartucho perfecto.
A veces me imagino cómo será el panel de mandos del mundo. Una sala amplia con paredes grises y algunos detalles metálicos en color plata. En el centro una mesa con muchas sillas y sobre ella botellas medio llenas de elixires que no nos podemos ni costear. Seis o puede que siete individuos trasteando con este videojuego de simulación social. Mientras uno fuma el otro se queja del humo, discuten brevemente y pronto comienzan de nuevo a jactarse de ser quienes hacen girar el globo. Sin trucos ni atajos, solo el descaro de pudientes capitalistas que buscan una vida amena.
Siempre he llevado mis indagaciones con total discreción, no caen bien los que hacen demasiadas preguntas. En estos momentos me encuentro rozando la paranoia, la información ha alcanzado tal calibre que me hace sentir en peligro. Un ovillo de influencias perfectamente enrollado y listo para tejer el telón, que dará fin a esta sobreexplotada representación. Inhalo hondo y suspiro con la mirada puesta sobre la pantalla. La luz de la calle tamizada por la persiana se proyecta en la pared en forma de puntos. ¿Cómo suena un disparo homicida? Noto estrecharse mi garganta al pensar en tantísimas personas a las que han ensordecido y silenciado.
Fijo la vista en el reloj que ya supera las doce. 2 de noviembre, hace exactamente 108 años que se firmó el destino de Palestina. Daba comienzo un turbulento flujo de acontecimientos fuera de lo humano por un territorio estratégico, pero que de una vez por todas estoy dispuesto a finiquitar. Entonces un escalofrío repentino hace que me estremezca, el segundero del reloj no coincide con el sonido del tic tac. 2 de noviembre, día internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas.



25 de noviembre de 2025

La novia de mi hijo y yo

Yo un grado ni superior que ahora me convalida estudios básicos, ella una prestigiosa carrera universitaria. Yo una mañana tras otra limpiando escaleras, ella de prácticas en la mejor empresa de la ciudad y un futuro prometedor.
No es envidia, es mi entumecido inconformismo reflotando en una vida empantanada. La base de partida no es la misma y la culpa no es de ella. Unos padres marcados por la posguerra me educaron para cuidar y servir en una época donde lo primordial era acallar el hambre.
Mientras la miro sentada en el salón, ajena a la vida, tan niña, siento aversión hacia la figura que representa. Alguien de éxito que lo ha tenido todo tan fácil, una adulta que aún sigue bajo el seno de su madre. La observo, siempre tan radiante, sin achaques, como si surcara la vida de manera superflua y el día a día no hiciera mella en su tersa tez. 
Yo aquí con el bagaje de una vida notablemente imperfecta, cada alba más encorvada y rendida a una existencia de amargura. Envuelta en cicatrices y resquemores de una vereda que siento yo no elegí atravesar. 
La falta de decisiones, o más bien de opciones, es por lo que se desvive mi alma. Una fuerte sensación de no haber existido y la continua percepción de ser una criatura impedida. Escucho el ulular de profundos alientos de metamorfosis, pero pronto amainan en la esfera de comodidad donde reposo.
Habito en un mundo cambiante donde sufro mi propio rechazo, me siento un ser arcaico subordinado a un libro de familia. Mi hijo y mi marido no me ven. No son conscientes de lo que supone ser una mujer enjaulada, algo que ella, joven y ávida, tampoco comprende. Espero que ni hoy ni nunca. 


-¿Y esa maleta, mamá?


-Me voy, hijo. He decidido que me voy.


-¡Tú no vas a ninguna parte!


Miré cómo mi marido pronunciaba aquella frase y comencé a reír antes de que terminara. Mientras reía lloraba, lloraba como nunca lo había hecho. Cerré la puerta y escogí vivir.






17 de noviembre de 2025

Mensaje número trece

 Este que debo enviarte es el mensaje más triste de toda mi vida, o solo puede que esta vieja chocha se haya levantado algo sentimental. Entiendo que estés preocupada porque no es fácil perder a alguien. Yo no puedo parar de pensar en tu padre, echo de menos pasear con él por la orilla de la playa al atardecer. Ese recuerdo me da fuerzas cada mañana. Aunque no me olvido, ya he perdido la cuenta de los veranos que pasamos todos juntos en aquel apartamento tan canijo, y cómo los niños se echaban la siesta en la bañera. ¡Qué calor hacía! No sé ni dónde dejé la silla de la playa roñosa de tu padre y esa toalla harapienta que sacaba de la basura cada vez que la tiraba, si vas antes que yo, tirala, hazme el favor.
Lo dicho, no te preocupes por mí, estoy bien. La vida tarde o temprano te arrincona, una se va haciendo mayor y perdiendo a todas esas personas que te han acompañado a lo largo de la vida. No te voy a engañar, se digiere mejor cuando es poco a poco y no de golpe como me ha pasado, pero la vida viene como viene. Ahora mi mayor deseo es que seas feliz, cariño. De verdad te digo que no malgastes tiempo en pensar cómo estoy porque sigo adelante todos los días con empeño. Intento cuidarme en la medida de lo posible, dada la situación. Me dan de comer tres veces al día, me ducho por la noche y duermo todo lo que me pide el cuerpo. Me gustaría salir algo más, pero ya sabes, las piernas tampoco ponen de su parte.
Ya sabía que cuando te haces tan mayor el mundo se vuelve pequeño de golpe, yo creo que es porque no te ves capaz de llegar demasiado lejos y se mueren esas ansias de devorar el mundo que sentías de joven. En parte es cómo si, con el anhelo de libertad abatido, se reformularan tus fronteras entre cuatro paredes. Te resignas, es lo único que queda, resignarse y disfrutar de los pequeños placeres del día a día. Siempre he visto la vejez como una cerca que con el crepúsculo se vuelve un poco más angosta, tus límites se encogen y al final te ves acurrucada en una habitación llena de recuerdos del otro lado. Ahora ha llegado el momento de relajarme y estrechar lazos con esa resignación para poder disfrutar de otra manera, al fin y al cabo lo que me toca es descansar.
La verdad es que no te estaba mintiendo cuando te decía que este sería el mensaje más triste, y es que creo que es mejor que sea el último. Recordar mi vida antes de que pasara todo me alienta, pero el peso que llevo arrastrando todos estos meses atrás hace que deslizar el bolígrafo se convierta en una tarea casi imposible. 
Te quiero mucho, mi vida. Por favor te lo ruego, no hagas nada de lo que te pidan, porque no me van a soltar.


9 de noviembre de 2025

Esta vez iba en serio

Sofocado bajó las escaleras hacia la cocina, buscando a tientas la luz tropezó consigo mismo y subieron sus pulsaciones aún más. Seguía agitado después de tanto esfuerzo, mientras pensaba que no podía continuar así; por mucho que quisiera, le estaba superando esta situación. 
Empezó a beber agua casi de manera frenética y, como era de esperar, se atragantó. Notó el agua salpicar en sus pulmones como lo haría el mar bravo contra un acantilado. Tosió y tosió angustiado hasta que el sorbo salió disparado por su laringe y, seguidamente, comenzó a descender pausadamente por su garganta. Su cuerpo se relajó, cerró los ojos y escuchó cómo descendían sus latidos.
Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de poner fin a todo esto, pero no habían llegado juntos hasta aquí para rendirse ahora, se repetía de manera sosegada. Pensaba en una vida mejor y todo lo que podrían hacer cuando… Un golpe en el piso de arriba hizo añicos sus pensamientos y volvió al presente. Respiró profundamente para no perder los nervios, pero cuando fue a salir de la cocina sintió cómo se humedecía su calcetín al pisar el agua derramada hace un instante. 
Hasta la cosa más insignificante estaba poniendo al límite su paciencia esa madrugada. Ya había aguantado bastante, movido por la incomodidad generada las últimas horas y, sin ser del todo dueño de sí mismo, salió decidido hacía el salón. Se dispuso a redactar la carta que concluiría la conversación que había mantenido por correspondencia los últimos meses. Aunque aún no había obtenido respuesta a la anterior, no podía esperar ni un minuto más.

“Hola hermano, sabes de sobra que la situación que estoy viviendo en casa es insostenible. Entiendo que como doctor tus códigos van por delante, pero tienes que pensar que lo estás haciendo por tu familia. Lleva dos semanas en un estado lamentable, la medicación no le hace efecto y apenas come. Siento asco al ver esos brazos desnutridos y esas venas acartonadas. Mi mujer ahora parece una momia, me repugna”.




Tuvo que parar de escribir para taparse la boca y controlar las arcadas que le daban al pensar en el olor a muerte que se respiraba en toda la casa, olor que se intensificaba al cruzar la puerta de la buhardilla. Quizá no era un olor real, quizá solo podía percibirlo él por su estrecha relación con la dama delgada.

Entre la realidad y el delirio, abrió los ojos con una mezcla de asombro y terror al escuchar el crujido de la madera. Era una casa vieja, de costumbres y sonidos funestos, algo más parecido a un ataúd holgado que está siendo enterrado con vida en su interior que a un hogar.


“El problema es que cada vez es más complicado atarla. Sé que no tiene fuerzas para salir de la buhardilla y además está el pestillo, pero sigo preocupado por lo que te contaba en la carta anterior. Creo que sabe lo que estamos haciendo, porque tú también eres parte de esto, no sigas negándolo. En un momento de lucidez me preguntó si la había querido en algún momento y vi en su mirada un conjunto de furia y aflicción. Ya te dije que puede que me esté sintiendo mal. He pensado que debería cambiar”.


A veces se preguntaba dónde estaba el límite del ser humano para fijar sus propósitos, si la imperfección de sus actos condiciona su porvenir o cuándo se considera que el simple hecho de mirar por uno mismo termina dando lugar a una irregularidad en tu ser. Puede que él fuera diferente, pero estaba convencido de que tampoco era su culpa haber llegado hasta ese punto, estaba en su derecho de ser humanizado y comprendido, aunque no pudiera corresponder.

Tan abstraído en su carta, su desesperación por recuperar la consideración de su hermano y sin recordar que con las prisas no había cerrado el pestillo, decidió ponerse de nuevo frente al teclado de su máquina de escribir.


“Esta vez iba en...”


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