Yo un grado ni superior que ahora me convalida estudios básicos, ella una prestigiosa carrera universitaria. Yo una mañana tras otra limpiando escaleras, ella de prácticas en la mejor empresa de la ciudad y un futuro prometedor.
No es envidia, es mi entumecido inconformismo reflotando en una vida empantanada. La base de partida no es la misma y la culpa no es de ella. Unos padres marcados por la posguerra me educaron para cuidar y servir en una época donde lo primordial era acallar el hambre.
Mientras la miro sentada en el salón, ajena a la vida, tan niña, siento aversión hacia la figura que representa. Alguien de éxito que lo ha tenido todo tan fácil, una adulta que aún sigue bajo el seno de su madre. La observo, siempre tan radiante, sin achaques, como si surcara la vida de manera superflua y el día a día no hiciera mella en su tersa tez.
Yo aquí con el bagaje de una vida notablemente imperfecta, cada alba más encorvada y rendida a una existencia de amargura. Envuelta en cicatrices y resquemores de una vereda que siento yo no elegí atravesar.
La falta de decisiones, o más bien de opciones, es por lo que se desvive mi alma. Una fuerte sensación de no haber existido y la continua percepción de ser una criatura impedida. Escucho el ulular de profundos alientos de metamorfosis, pero pronto amainan en la esfera de comodidad donde reposo.
Habito en un mundo cambiante donde sufro mi propio rechazo, me siento un ser arcaico subordinado a un libro de familia. Mi hijo y mi marido no me ven. No son conscientes de lo que supone ser una mujer enjaulada, algo que ella, joven y ávida, tampoco comprende. Espero que ni hoy ni nunca.
-¿Y esa maleta, mamá?
-Me voy, hijo. He decidido que me voy.
-¡Tú no vas a ninguna parte!
Miré cómo mi marido pronunciaba aquella frase y comencé a reír antes de que terminara. Mientras reía lloraba, lloraba como nunca lo había hecho. Cerré la puerta y escogí vivir.


